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lunes, 2 de diciembre de 2019

martes, 19 de noviembre de 2019

50 años de invernaderos en Almería

La revolución del cultivo extratemprano en Almería no es sólo el fruto de la innovación, es también el azar sembrando en la tierra más árida de Europa la ilusión y una paciencia abrumadora. El resultado: la vida.

El abrazo de la mar

El Abrazo de la Mar nos narra a través de sus protagonistas la vida de la mar. Con sus alegrías, su sentimiento, sus dificultades, etc... Una historia que nos lleva del pasado al presente de los pescadores de Adra y Roquetas de Mar.

martes, 29 de octubre de 2019

No hay discapacidad en Luis. Luis es la esencia de la vida misma.

El tiempo al tiempo

La vida de un relojero es el descubrimiento de una dimensión vital insospechada. El tiempo armoniza la vida y oculta pedazos de nuestra propia existencia.

sábado, 19 de octubre de 2019

Luzas y morras

La vida de los pastores y las pastoras siempre sorprende. El grito del pastor es la llamada a un viaje a las entrañas de una forma de vida inusual y fascinante
Luzas y Morras from jose carlos castaño on Vimeo.

Eduardo Cruz

La vida del peculiar escultor Eduardo Cruz.

Familia Tapia

Otro de los ámbitos es entrar en casa de amigos. En este caso es la de la familia Tapia y sus avatares. Cada familia es un mundo y el de esta es fantástico

lunes, 14 de octubre de 2019

La historia de la balsa de Cela es la historia de los veranos campestres de una comarca y es la historia del descubrimiento del primer amor, del primer beso fugitivo. La balsa de Cela no era solo una abrevadero, era el mar de interior para descubrir la vida.

Archiveras de la memoria

La memoria de las mujeres rurales es la memoria del sustento original, es el relato de lo que somos en verdad. Su testimonio es la claridad de lo que hoy divisamos con la confusión.

domingo, 4 de agosto de 2019

miércoles, 30 de enero de 2019

Manuel Sola Martínez

Manuel nació en la Rambla de Jebas, cuando en Purchena la gente empolvaba los sueños para preservarlos del tiempo y a los niños les tatuaban el sacrificio con tizones.
Manuel nació en mil novecientos veintiocho cuando la única ventaja de la vida era encontrar cortijos sin hambre donde mitigar la fatiga insuperable de la supervivencia y donde desentenderse de aquel vendaval de calma tensa que predecía a la Guerra Civil y que luego acabó por turbar todas las vidas y todas las esperanzas. Manuel es un hombre calmado, con rastros de una corpulencia antigua contra la que también prevalece una sensibilidad silenciosa, y la ternura. Cuando tenía tres años dice que falleció su madre y su corazón se quedó entonces helado como una chimenea sin rescoldos. Como él era el menor de cuatro hermanos, fueron los abuelos maternos los que se encargaron de su crianza, primero en el pueblo y luego en el cortijo del Cafornal.

miércoles, 23 de enero de 2019

Rafael Fernández Hernández

Rafael parece tener el privilegio de una sonrisa permanente y la suerte de seguir estando alegre pese a la soledad inmanente de su propia edad. Y conserva esta cualidad porque siempre afrontó la vida con una mirada sin desdén, y cuando tuvo que sobreponerse a la adversidad siempre lo hizo con su silencio imaginario y su tenacidad. Rafael nació en la calle el Almendro hace ochenta y cinco años, cuando la partera de Purchena era Carmen la Alférez y los niños venían al mundo sobrecogidos por el estallido de la desesperanza. Dice Rafael que proviene de una familia muy alegre y lo dice sin temeridad, con el convencimiento de que tuvo su infancia feliz aunque todavía tiene el gesto de querer sacarse de su corazón el suceso luctuoso que ocurrió con su padre cuando, después de volver tras dos años en Argentina, dice que tuvo que irse de nuevo por el desagravio de la familia de su madre cuando estos decidieron fugarse para consumar todo aquel amor. Y dice Rafael que su madre estuvo entonces recluida en su propia familia durante los ocho años restantes hasta que por fin convinieron en dejarlos en paz y autorizaron su enlace.

martes, 22 de enero de 2019

Isabel Sánchez Navarro

Isabel nunca ha tenido la incertidumbre del amor ni le ha afectado nunca la rara fascinación por el lujo o por la belleza inusitada de las adolescentes. Sus padres siempre estuvieron amarrados a la esclavitud hereditaria de los pobres y por eso a ella nunca la dejaron libre para el regocijo de los juegos y de la confidencias. Isabel desarrollo entonces un misterioso sentido de la orientación y la supervivencia fue el lucero con el que se guió toda su vida, evitándole los desmanes y también cualquier algarabía. Isabel nació en la Ermita Vieja de Oria en una casa donde no había nada. Ni esperanza, ni consuelo, ni más disputas que las de sobrevivir sin rechistar porque, dice Isabel, eran tan conscientes de que no había casi nada que comer que nunca se quejaron de nada, ni lloraron, y cuando había pan siempre se lo daban al más pequeño y cuando había esperanza, la desmigaban para que llegara para todos. La casa de los padres de Isabel siempre estuvo limpia. Los hijos dormían en la cámara y los padres en un dormitorio descangallado del que nunca emanó ternura.  Y como siempre les acechó la inconstancia de un futuro, cuando Isabel tenía doce años tuvo que meterse a trabajar de sirvienta en casa de María Reche de Oria por ver si con aquello se aliviaba el resquemor de tanta miseria y podía ganar algún dinero con el que ayudar a sus padres.

domingo, 6 de enero de 2019

Dolores Alfonso Carrillo


Dolores Alfonso Carrillo
Dolores nació en Albox hace noventa y cuatro años, en la calle las Tejeras, en medio de aquella explosión de tristeza agónica que supusieron los años del hambre. Nació con la preciosa turbación de las princesas, ajena al expolio de su nuevo mundo, con la mirada firme y la curiosidad natural, ajena todavía a la procesión de sufrimientos que estaban fraguando para su vida. Dolores es una mujer natural, con una belleza tan arraigada, que nunca ha querido mostrársela a nadie, ni nunca se ha engalanado para nada, ni nunca ha antepuesto lo suyo a lo del resto. Su propiedad más íntima siempre ha sido la del sacrificio descomunal y la de la una soledad inmerecida. Por eso, cuando ella tenía tan solo diez años y murió su padre, dice que se quedó sollozando de rabia porque el futuro que asomaba el mismo día del sepelio ya le avisaba de una vida de estragos y de sacrificio sin reconocimiento. Y entonces se le fueron retorciendo cada vez más las entrañas porque su madre no podía sostener a los cinco hijos y éstos tuvieron que repartirse entre la familia como se repartía entonces el ganado por las ferias, sin anotar su naturaleza ni sus caprichos. Y como la vida se volvió entonces dura como la sombra de un sepulturero, tuvo que avivar su instinto hasta donde este podía alcanzar y, aunque sobrevivió al hambre con artimañas inimaginables y no le sobrecogió trabajar hasta la extenuación, en su corazón ya había prosperado la tristeza. Dolores se fugó con su novio Miguel cuando tenía solo diez y seis años. Y no lo hizo solo por el amor que se profesaron entonces, sino porque la huida también le aseguraba tener su propia casa y su propio destino. Y como supuso que con aquello podía eludir aquel mundo de tierra arrasada, poco después de acabar la Guerra Civil el encarcelamiento de Miguel por su militancia de izquierdas, zanjó su esperanza de felicidad con un cerrojazo. 

viernes, 4 de enero de 2019

Antón el hojalatero


Antón Cortés Torres

En el cruce de Urrácal se espantaba las moscas con un látigo de madera de cerezo y el hambre con un zarpazo de garras ahumadas. Solo hacía unos días que se había casado, en un acto que duró lo justo para estampar las firmas y conjurar la vida con dos miradas, y como no tuvo el revuelo de novicias con hábitos bordados ni el bullicio de las palomas asustadas, cuando apareció por el camino de Purchena, después de cruzar por la sombra del olivo del pirulí, parecía el mismo niño robusto y tímido que amaestrara su papa José María cuando tenía ocho años y le acuciaba entonces con la combinación de ternura varonil y la severidad para que aprendiera el oficio de la hojalatería como único recurso para postergar la pobreza.

Se llama Antonio Cortés Torres, pero es Antón, Antón el hojalatero. Cuando era niño, su madre Frasquita le prevenía con abrazos para ahuyentar el dolor miserere y como notaba que miraba con incrédula atención, también le enseñaba la textura y el color de los higos secos para que aprendiera a distinguir los mustios de los sanos, y también lo balanceaba en el mecedor para que adquiriera el hábito de la calma. Cuando Antón se asomó al cruce de Urrácal, como tuvo el presagio de una vida mejor, se amarró la esperanza con una hebilla de esparto y mientras se acomodaba el calzón remendado con doble hilo, alentaba a su joven mujer con caricias efímeras y sofocaba a la burra con oraciones misteriosas. Antón tiene las manos tibias como el azúcar recién tostado y unas ansias en el pecho que nunca han demorado su sonrisa ni le han privado de la hegemonía de su apariencia de gitano completo.

viernes, 28 de diciembre de 2018


Ginés Cuenca Martínez
A Ginés lo bautizaron en la pila de San Ginés para dejarle indicado que siempre tuviera encendida la esperanza de volver a Purchena pese a las penurias que lo pudiera asediar y a los trastornos que la vida le deparara. Ginés sigue siendo un niño, con la serenidad indefinida de los niños. Y lo es no por ninguna impostura ni por ninguna casualidad. Ginés sigue teniendo la mirada infantil y la sonrisa sin complejos porque con cinco años tuvo que detener el júbilo de los juegos y atenuar su fantasía cuando murió su padre y se quedó a expensas de un orfandad inmerecida que le llevaría luego, sin explicaciones, al Colegio de Huérfanos Ferroviarios de Ávila cuando apenas había cumplido los ocho años. Aquel suceso intempestivo dice que nunca le ocasionó ningún agravio mayor que el de verse solo cuando la soledad era impropia para un niño locuaz y vital como él. Con ocho años recuerda que se montó en el tren con su madre para emprender un viaje sin esperanzas. Por eso dice que su madre lloraba y que él se abrazaba a la maleta de cartón para no quebrarse del miedo. Y por eso dice que cuando llegaron a los pies de las enormes puertas del colegio, después de dos días de un viaje desolador, estuvo media hora abrazado luego a su madre, tratando de consolarse de aquella impotencia con susurros indescifrables y con promesas inconfundibles. Mientras a él lo llevaron al colegio de huérfanos de Ávila, recuerda que el resto de los hermanos tuvieron que quedarse luego con su madre sirviendo de la casa de Juan Gutiérrez.  La vida de Ginés en el Colegio de Huérfanos Ferroviarios del Opus Dei, luego no fue distinta a la del resto de los hijos de ferroviarios –su padre había sido toda la vida ferroviario- salvo porque a él quizá le invadió una tristeza. Y como cuando llegó no tenía ni calzoncillos con los que cubrirse, dice, fue entonces cuando comenzó a avivar su astucia y su ingenio para procurarse las supervivencia. Y mientras se consolaba con la profusa correspondencia de su madre -le enviaban cartas casi a diario en las que siempre metía cinco pesetas- él no reparaba en esfuerzos por hacerse cada vez más valioso en el colegio. Y entonces comenzó a leerle las cartas a los compañeros que apenas leer. Y a los que no sabían escribir, se las escribía. Y dice que ayudaba a lavar a los más pequeños a cambio de nada. Y como la rutina que imponía Sor María era tan determinada, lo mejor ocurría solo los domingos cuando salir para ir al cine, aunque a la vuelta tuvieran que rezar sin fe y dormir sin sueño.
En aquel escenario de clausura y falsa devoción, donde todo estaba impuesto y nada se podía discutir, fue donde Ginés adquirió la destreza de su corazón. Y aunque no tiene un recuerdo desolador, porque al final se impuso una camaradería fabulosa entre los internos, cuando a los cuatro años de estar en aquel colegio, lo trasladan de Ávila a Madrid, a otro colegio, esta vez mixto, allí cambió todo. La perspectiva de Madrid al fondo con sus aventuras colosales, dice que le disolvió la represión de los años anteriores. Y como se abrió el cielo, dice que la mejor diversión fue la de expiar a las chicas de la sección femenina. Y la de tramar falsas expectativas. Y como la actividad principal era el deporte, dice que se apuntó a tantos como pudo. Y del baloncesto se pasaba al fútbol y del futbol al atletismo. Allí se fue forjando su espíritu atlético que luego, cuando con quince años tuvo que volver al pueblo, le serviría para convertirse en uno de los ídolos más aclamados del fútbol comarcal. Ginés siempre ha sentido una adoración especial por su padre. Cuando éste murió  dice que no fue a verlo porque le daban miedo los cuerpos inertes. Aún así, su recuerdo siempre estuvo presente en su vida.  Su padre era mozo de agujas y Ginés aún recuerda ir subido con él en la zorrilla, que era una especie de carromato ferroviario que recorría las vías impulsado por un artilugio que movían con sus propios brazos.
Cuando a los quince años volvió en verano al pueblo, dice que ya nunca más pudo regresar al colegio. Y ya no pudo regresar porque fue entonces cuando se enamoró de su mujer Dolores, dos años menor que él, y cuando vio que podía tener su propia vida. Él tenía diez y siete y ella quince. Ella estaba embarazada y él atónito. Aquella relación nunca tuvo la aprobación de sus suegros, que solo consintieron cuando decidieron fugarse juntos a Olula. Cuenta Ginés, que todo se zanjó una noche. Don Ginés, el cura, oficio a la misma vez su boda y el bautizo. Y como todo fue tan apresurado, dice que ni su madre, que estaba en Barcelona, pudo asistir a la celebración. Ni su madre, ni nadie.
Cuando volvió de Madrid dice que ya era tan hábil jugando al fútbol que en cuanto lo vieron jugar lo ficharon. Empezó en el Olula y luego pasó por el Baza, el Huércal Overa, el Puerto Lumbreras, el Águilas. Su destreza era tan sobresaliente como lo era su acierto anotando goles. Fue entonces cuando empezó a crecer la leyenda de el Cuenca. Y hubo motivos para la leyenda porque Ginés no escatimaba en éxitos. Goleador implacable, delantero habilísimo. Todavía recuerda un partido contra el Vera en el que metió seis goles. Y otro contra el Granada en el que metió otros dos, antes de enzarzarse a tortazos con un jugador contrario. Y recuerda a Miguel, el hijo del tío Miguel, y a Tomás de Urrácal, que eran los taxistas que le llevaban a jugar los partidos fuera. Y recuerda que llegó un momento en el que jugaba en un equipo teniendo en vigor ficha con otro y como aquello al final llegó a oídos de la Federación de Fútbol, dice Ginés que un día le enviaron un telegrama con un mensaje tan nítido y expeditivo, que allí acabó todo.
Luego dice que estuvo en Alemania diez meses gastando sin medida su propio dinero mientras enviaba a su familia el dinero que le prestaba su primo. Y luego en el mármol durante cuarenta años donde se destroncó de tanto trabajar. A Ginés le gusta la verdad de las cosas. Y la locura de su corazón. Y ayudar a los demás. Y no le gusta la orfandad. Ni la soledad que aún florece en su corazón. Ni la tristeza inmerecida con la que lo alimentaron en el Colegio de Huérfanos Ferroviarios, ni el número con el que lo enclaustraron: el ciento cincuenta y uno.

jueves, 27 de diciembre de 2018

Juan Lizarte Mirón


Juan Lizarte Mirón
Juan Lizarte tuvo siete novias y un amor inconfundible para cada una de ellas. Y no es un capricho de su imaginación ni una secuela de aventuras fingidas, sino la ciencia cierta de su corazón. Juan Lizarte nació en el cortijo de Onegar cuando la perspectiva de la vida era la medianería del campo o la herencia de una miseria prolongada, porque dice Juan que en Purchena había muchos caciques y las ganancias de las tierras eran tan exiguas que quien quería vivir de aquel trabajo tenía que doblegarse sin la garantía de ningún futuro. Juan quiso ser cura cuando el padre Damián le iluminó son sus sermones perfectos y con aquellos arrebatos de misericordia por los más pobres y, aunque luego desistió, aquella soflama tuvo luego su efecto porque, dice Juan, cuando fue taxista nunca tuvo ningún reparo en asistir a mendigos que encontraba por la carretera y si había que darles para comer, les daba, y si había que llevarlos a cualquier sitio, los llevaba entre los asientos de los que emigraban hacia Barcelona con aquella descomunal respiración de pavor por la incertidumbre de su destino. Pero eso fue después, después de que le decomisaran el corazón una y otra vez.

lunes, 24 de diciembre de 2018

Dolores Rojas García
Dolores, la hija de María la Bendejas y de Pepe el Barceló no tiene aún el registro de los días en los que no pudo abrazarse a su padre cuando el afecto era el único lujo que podían permitirse casi todas las familias de Purchena. Y no pudo sumar más afecto que el que pudo porque su padre, siendo ella apenas una niña, se fue a trabajar a Madrid y la dejó a ella y a su madre al amparo de un amor inconmensurable. Su padre, Pepe Rojas, trabajaba de capataz en la empresa Cubiertas y Tejados, y con el sueldo que ganaba, recuerda Dolores, todos los meses les mandaba plátanos, quesos y dinero en monedas. Y que siempre desayunaba sopas de pan con leche, y que su tarea principal era traerle a su abuela cantarillas de agua. En aquel estado de indiferencia a los tumultos que se avecinaban, la vida parecía tener un soplo de esperanza que solo se vería interrumpido cuando empieza la Guerra. Su padre tuvo que volver de Madrid escondido en un camión de colchones y como no pudo evitar el reclutamiento, dice Dolores que se fue al frente de Burgos hasta que lo capturaron para llevarlo a un campo de concentración en el que estuvo diez meses. En aquel tiempo la fortuna era mantenerse indemne a la locura que se apoderó de todo. Recuerda Dolores que su abuela, en su afán por sobrevivir de cualquier modo, se ocupó de lavarle la ropa a un legionario a cambio de magdalenas. Y recuerda que aquello era un privilegio en el pueblo porque el que no estaba encerrado de cualquier manera, tenía que hacer cola frente a los soldados para mendigar un café de caldero. Dice Dolores que el único alivio que se podía encontrar en aquel tiempo era la resignación, y que por eso, como su padre nunca regresó tras el cautiverio en el campo de concentración porque volvió a Madrid cuando le reclamó de nuevo la empresa, se resignaron. Por lo menos hasta que a su madre le sorprendió la meningitis, que en aquel tiempo sepultó a casi todas las personas que la padecieron, y entonces tuvo que irse ella también a Madrid para poder curarse. Dolores tenía diez y ocho años y la sombra de su abuela María como el único amparo. Con su abuela se dedicaron a custodiar la añoranza y los recuerdos hasta que ésta decidió llevársela a un cortijo de la familia en Tíjola viendo que en Purchena no llovían los panes del cielo aunque se destroncaran los riñones a trabajar. Aquellos cinco años en el cortijo de Tíjola, dice Dolores, la retrasaron en todo. Sucumbió al desamparo de sus padres, se deshizo de las ilusiones que le aferraban a otros mundos, se contagió del ímpetu de la añoranza y dejó de tomar precauciones con alguna esperanza. Dolores tiene los ojos oscuros y melancólicos, y las manos blanqueadas. En los años que estuvo en Tíjola dice que dormía con su prima Lola con la que luego se aliaría para escaparse por el pajar cuando se barruntaba que los militares habían organizado algún baile sin miramientos en el que la premura por contagiarse del amor descomponía las lámparas para que las parejas pudieran besarse sin el acecho de ninguna mirada desdeñosa.
En Tíjola Dolores era la Purchenerilla. Dolores siempre fue una muchacha escrupulosa, con una bondad que compensaba su fragilidad. Por eso, cuando cerraron la escuela que había en la estación porque una riada estuvo a punto de tragársela, a ella le entró un escalofrío de moribundo y su andar se volvió pétreo cuando tuvo que desilusionarse de casi todo. Dolores estuvo en el cortijo de Tíjola cinco años. Como su padre no regresaba de Madrid, su abuela optó por volver a Purchena para estar con su madre. Dolores, entonces, se quedó sola ahuyentando sus propios miedos, con el augurio de la tristeza que solo mitigaba en las veladas con su prima bajo la noguera. O con la fantasía de algún amor completo que aún no había asomado. Dolores conoció a su marido Manuel Sáez, el Cantoriano, después de que una prima suya le dejara el puesto de sirvienta en casa de doña Dolores y de don Miguel el médico por irse a servir luego al pueblo de Válor. En aquella casa, donde cuidó luego al hijo del matrimonio, a don Paco el médico, y luego a los hijos de éste, dice que fue feliz. Dice que estuvo veinte años y que fue entonces cuando su corazón se despabiló. Manuel el Cantoriano vivía pared con pared de su casa con lo que sin verlo, dice que lo podía presentir. Entonces iniciaron un noviazgo que no parecía un noviazgo porque todo brotaba con una naturalidad nada ingeniosa. Dice que cuando volvió del Servicio Militar con una pleura que por poco lo mata, empezó todo. Como ella ya había adquirido los hábitos de una cuidadora experimentada, lo cuidó. Y como siempre tuvo el afán por la lectura, dice que le llevaba novelas por las tardes para que se entretuviera, y que había veces que lo recogía en su manos para que no se desmembrara de desesperanza.
Dolores, la hija de María la Bendejas y de Pepe el Barceló es una mujer con una ternura natural. Por eso sus recuerdos están repletos de un amor sin medida. Dice que sacó adelante dos casas, la suya y la de don Paco el médico, y en las dos se mantuvo firme ante la cobardía. Y cuando volvió su padre de Madrid y apenas encontraba trabajo, se encomendó al cielo contratando una Novena para rezarle a la a la Reina de los corazones, abogada de las causas difíciles y desesperadas, para que lograra que su anterior empresa firmara los papeles para su jubilación, y dice que por las plegarias, los firmó. Y cuando se casó a los treinta y seis años, dice que se envalentonó y que aprendió de una modista de Baza y que luego empezó a comprar telas para hacer cortinas. Y que lo mismo vendía leche que le traían de Macael, que criaba marranos o que iba a trabajar a las conservas. La vida de Dolores siempre tuvo luego el mismo propósito: que sus hijas estudiaran y que nunca se dejaran sorprender por la desazón. Dolores no tiene ya la urgencia del corazón ni soporta en su regazo ningún agravio. A ella le sigue divirtiendo mirar sin ser vista y complacer a quien se cruza con ella con ese gesto liviano de gratitud que solo tienen las personas que ha dedicado toda su vida a administrar el tormento del resto sin pedir nada a cambio.